Una historia sobre Manuel Quintín Lame, contada por quienes lo recuerdan

Luis Carlos Osorio Rendón
Durante varios años recorrí municipios del sur del Tolima recogiendo las historias de los indígenas Pijao sobre su proceso de recuperación de la tierra. Detrás de esas historias siempre hubo un personaje: Manuel Quintín Lame. Le entregué a los indígenas del CRIT los materiales sobre su proceso organizativo, y solo hasta 2001 surgió mi interés por hacer un documental sobre él.
Ese año inicié las grabaciones en Guatavita Tua. Una de las imágenes que más se repite en las cintas es la de un grupo de personas arrastrando ramas de palma: niños, mujeres, hombres, uno tras otro, por un camino polvoriento cerca de un rancho de la vereda Altozano, en el municipio de Ortega. Al fondo, el cerro de los Abechucos; más adelante, la imagen de un indio acostado. El hombre al que yo buscaba llevaba treinta y cuatro años muerto.
Aquellas cintas nacieron de un proyecto de televisión. Por esos días yo asistía a la Comisión Nacional de Televisión en representación de la ONIC, y de ese proceso surgió Interétnicas TV, una unión temporal liderada por la ONIC que concertó un espacio dominical para los pueblos indígenas, afrocolombianos, raizales y rom. Su primera serie, de veinticuatro documentales, privilegiaba una narración que partía de los propios pueblos y no la mirada de antropólogos y cineastas. A mí me correspondió la parte indígena y, pasados algunos capítulos, propuse uno sobre Quintín Lame, aprovechando la investigación de años atrás. Así nació «El hombre que volaba como las mariposas». No fue fácil: las fuentes que había conocido en los noventa ya habían fallecido, y los testimonios que lograba obtener lidiaban con la fragilidad de la memoria, las versiones encontradas y lo que cada quien tenía en su imaginario. Los relatos llegaban como un cúmulo de historias fragmentadas, algunas sin la rigurosidad histórica que el proyecto ameritaba: una aquí, otra allá, casi siempre al final de una conversación que había empezado por otra cosa.
Los ancianos no hablaban de él como se habla de los muertos. Hablaban como quien cuenta lo que pasó ayer en el camino. Arnulfo Tique, al que grabé lavando un tractor y cortando leña, me dijo que Manuel Quintín Lame había llegado a Ortega en 1920. En la investigación que había hecho antes, los archivos me decían que ese año Lame estaba preso, aunque sí había pasado por las comunidades del Tolima camino a Bogotá en 1914. Quizá Arnulfo no se equivocaba de hombre sino de calendario. Un pueblo no guarda fechas. Guarda gratitudes.
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Todos recordaban a Quintín Lame como un hombre de estatura pequeña y cuerpo lleno, moreno, con el pelo canoso recogido en una moña, zapatillas y camisa color crema. Hilda Rosa Tique tenía dieciséis años cuando su papá la llevó a conocerlo, en 1945. Facundo Díaz contó que a esa moña la habían convertido en sobrenombre para ofenderlo.
Nadie describía a un prócer. Tampoco a un tinterillo. Describían a un viejo terco que, mientras escribía memoriales para el Ministerio de Gobierno, les repetía que fortalecieran la organización, que eso era lo que les iba a servir, que él no alcanzaría a gozarlo pero que ellos sí. Hilda Rosa lo repetía sin adornos, como quien repite una receta.
Su oficio era el papel. Antonio Lozano, que anduvo con él, me explicó cómo funcionaba aquello. Los terratenientes hacían encarcelar a los indios por reclamar la tierra («no durábamos sino dos días afuera»), y Lame se iba hasta la Corte Suprema de Justicia, y de allá venía un investigador y los soltaban. De tanto repetirse, la escena parecía un libreto. La ley de 1890, escrita para gobernar «salvajes» que iban «reduciéndose a la vida civilizada», le servía de espada. Por eso a Antonio se le salió la frase que resume una vida: «la cárcel era la casa de él». Los biógrafos le cuentan 108 detenciones. Facundo Díaz dijo que fueron 150; Alfonso Capera, «más de ciento y pucho». Cada uno cuenta según lo que vio.
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También lo recordaban por la ternura, y esa memoria venía con una defensa. Alfonso Capera dijo que Lame «no era tan mujeriego»: eran las señoras las que le llevaban las niñas para que él las adoptara. No sé por qué se las llevaban. El testimonio no lo dice. Puede que fuera para protegerlas, o educarlas, o salvarlas de los patrones. Ramón Tique añadió que con las mujeres Lame se dedicaba a enseñarles a defender el derecho a la tierra, para que mañana no se la robaran los ricos. Ahí nació, supongo, la leyenda de un hombre con hijos por todos los caminos. Quien anda del Cauca al Tolima y al Huila recibiendo niñas de manos ajenas deja una descendencia que no cabe en ningún registro.
Con los años entendí la validez de la leyenda, aunque por otras razones. En el Cauca hay hoy un movimiento de indígenas sin tierra que se llama a sí mismo Nietos de Manuel Quintín Lame. Ningún acta de nacimiento los respalda. Se declaran nietos de los caciques, de la Gaitana, de Juan Tama, de Lame, del padre Álvaro Ulcué; reclaman tierra y, cuando hace falta, cierran la Panamericana para que el Estado los escuche y se siente a firmar. No voy a ahondar sobre la manera como ejercen la protesta. Lo que me interesa hoy es el nombre: una forma de honrar a un hombre al que los notables nunca quisieron honrar, no con placas sino con apellido. En el Tolima lo guardan los ancianos. En el Cauca lo heredan los nietos. Entre unos y otros quedó una genealogía sin sangre, hecha de memoria.
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Y luego está el mito. Antonio Lozano recuerda: «a mí me contaron que se volvía un marrano». Otro anciano tiene una figura más alegórica: preso en todas partes, se volvía mariposa, marrano, palomo. Arnulfo quiso que hubiera reencarnado en paloma, por todo lo que hizo. Ramón Tique dijo que a Lame lo favorecía ser devoto de la Virgen, que era un ser bueno, defensor de los indígenas, y se le quebró la voz. Un minuto antes de que Antonio contara lo del marrano, no pude evitar la tentación de grabar a los niños, los pavos y los cerdos que engalanaban el escenario de la entrevista.
Pensé en cómo se escapa un hombre al que ningún juez logra retener. Pensé en la gente arrastrando palmas por el camino, como quien borra las huellas. Y pensé que la mariposa no era una huida sino un método: Quintín Lame no escapaba del Estado, lo entendía mejor que sus propios funcionarios y por eso siempre encontraba una rendija por donde pasar convertido en otra cosa.
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Los últimos años los cuentan con dureza y sin acuerdo. Quintín Lame fundó un caserío que llamó San José de la India, hoy Llanogrande. Facundo Díaz cuenta que le quemaron la casa dos veces; los biógrafos registran que en 1931 la violencia dejó allí 17 indígenas muertos y 37 heridos. Facundo cuenta también que él repetía que la política liberal y conservadora era ajena, traída de afuera, porque la sangre de todos tenía el mismo color, y que con armas no se hacía la paz. Los alcaldes de Ortega respondieron declarándolo comunista. Cuando empezó la violencia grande, dice Paulino Tique, Lame se quedó solo, y ellos también: cada uno arrancó por su lado. Abraham Mendoza lo dijo con más rabia: «Él era conservador, se botó a la política y de ahí se metió a devoto, a eclesiástico. Se embruteció». Faustino Pedraza, que lo vio ya anciano, contó que entraba a la iglesia de rodillas y salía con la espalda hacia el altar y los brazos extendidos. «Efectivamente yo lo vi», me dijo.
Los estudiosos creen que ya era católico profundo desde antes, que en 1930 rompió con quienes se acercaron al partido comunista, cuyo ateísmo nunca compartió, y que en los años de la violencia, con el movimiento disperso por los desplazamientos y los asesinatos, se acentuó su componente religioso y su sentido de martirio. Yo creo que a un hombre al que le cierran todas las puertas le queda la única ley que nadie puede expropiar.
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Murió el 7 de octubre de 1967 y no lo dejaron entrar al cementerio de Ortega. Me dieron cuatro razones y ninguna se parece a otra. El padre Vera decía que no estaba bautizado y que era del Cauca. Alfonso Capera oyó que era muy comunista, aunque Lame había roto justamente con ellos. Paulino Tique cuenta que el alcalde dijo que no merecía yacer cerca de las alcaldías. Ildefonso Capera me dio la más honda: no lo dejaron enterrar allí para que no se pusiera a organizar a los muertos.
Existe una partida de bautismo de la parroquia de Puracé, del 12 de diciembre de 1880, a nombre de Manuel Quintín o Juan Quintín Lame. Una gaceta del Congreso dice que «posiblemente» es la suya. Si lo es, al hombre al que enterraron aparte por pagano lo habían bautizado casi noventa años antes.
Hoy la comunidad lo cuenta de otra manera. Dicen que el propio Lame pidió no quedar en el cementerio de Ortega, donde estaban sus enemigos, sino en los Abechucos, frente al indio de piedra. Descansa en un cementerio pequeño, en lo alto de Chiquinima. En 2003 una crónica de prensa recogió su epitafio: el hombre que no se humilló a la injusticia.
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La herencia siguió por caminos que él no eligió. Antonio Yara Tique, que acompañaba con su guitarra una canción sobre la reunión de Hilarco, no pudo asistir a ese primer encuentro nacional indígena de 1980. Lo habían llevado preso el 23 de julio por defender la tierra de su comunidad. Uno de los que ayudaron a fundar la organización nacional lo hizo desde la cárcel: sesenta años después de Lame, el mismo método. Edgar Londoño, que acompañó desde el Cauca la organización indígena de los setenta, me dijo que Lame fue un filósofo antes que un político, y que los primeros programas del CRIC salieron de los libros de Quintín Lame.
Del nombre de Manuel Quintín Lame han salido formas de tributo muy distintas. Los Nietos lo heredan con apellido. Otros lo heredaron con armas. En 1984 mataron al padre Álvaro Ulcué y a otros líderes indígenas del Cauca, y surgió un grupo de autodefensa que tomó el nombre de Quintín Lame. Era la más paradójica de las herencias: el hombre al que los ancianos oyeron decir que las armas no traen la paz prestaba su nombre a una guerrilla. La paradoja no es completa. Lame había peleado en la guerra de los Mil Días y en 1915 preparó un levantamiento; la ley la aprendió después.
En 1991 el grupo se desmovilizó, cuando el país escribía una nueva Constitución. Uno de sus dirigentes, Alfonso Peña Chepe, se sentó en la Asamblea Nacional Constituyente en representación del movimiento, con voz, pero sin voto. El hombre al que no dejaron entrar al cementerio de Ortega, el de los memoriales y la Corte Suprema, tenía por fin un nombre en la sala donde se escribía la ley.
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Muchos de los que me brindaron su testimonio frente a mi cámara ya no están, pero allí quedaron sus palabras: Arnulfo, Paulino y Ramón Tique; Antonio Lozano; Hilda Rosa Tique; Liborio Capera; Facundo Díaz Ascencio; Faustino Pedraza; Abraham Mendoza; Sofía Capiero Tique; Nemesio Urueña; Ildefonso Capera. Todos me entregaron su memoria sin pedir nada, y aquí se la devuelvo como puedo, con las fechas cuando cuadran y sin ellas cuando no. Alguna vez creí que el historiador y el anciano hablaban de dos hombres distintos. Ahora creo que hablaban del mismo, y que a uno le importaba cuándo pasó y al otro, para qué sirvió.
Quizá por eso el símil de la mariposa. Lame no se escapaba: cambiaba de forma cada vez que le abrían un expediente, y lo que quedaba en la mano del funcionario era la crisálida vacía.
